«Su familia en el D.F. está bien, no se preocupe» es lo que recuerdo que escuché a este señor que tocó a la puerta de la casa y que mi mamá lo escuchaba desconcertada.
Tenía 7 años ese 19 de septiembre de 1985 y aunque mi capacidad de comprensión era limitada (no era mucho lo que me transmitían mis papás) sí era muy notable la desesperación y angustia esa mañana. Solo recuerdo que se nos hizo de noche en la oficina de Telégrafos (en ese entonces enfrente de la Cervecería) y estaba saturada de miles de familias con igual desesperación de no poder saber nada de su familia en lo que los noticieros hacían ver como la mayor de las tragedias. Los telegrafistas ante la imposibilidad de conexión a la Ciudad de México según recuerdo de todos modos recibían mensajes para poder transmitir cuando se reestableciera. Todo era un caos.
Transcurriendo los días la angustia en mi mamá no paraba, por más que tratara de que no percibiéramos eso. No era para menos, toda la parentela de su lado vivía ahí donde las imágenes por televisión pintaban un panorama terrible. Y nosotros no sabíamos nada de ellos.
Hasta que ese día, este señor llegó a la puerta a confirmarnos que todos estaban bien. Explicó que él también buscaba noticias de sus familiares y al no haber comunicación por ningún medio decidió apersonarse y buscarlos allá. En la ciudad vió también muchas otras personas con el problema de que no podían hacerles saber a familiares en el norte que no había nada de que se preocuparan (o darles a conocer algún deceso, lamentablemente también) Así que junto la mayor cantidad de nombres y direcciones que pudo y se dispuso a recorrer las ciudades de la frontera tocando puertas y quitarles a familias enteras esa angustia que solo puede provocar la incertidumbre.