Primero, un poco de contexto. Nos dimos cuenta en la primer temporada de que existe un parque llamado WestWorld donde los «hosts» son una especie de androides autómatas que prácticamente pasarían desapercibidos por seres humanos. Estas entidades son programadas para vivir en un territorio designado para West World donde viven «narrativas» de ficción con historias, diálogos, relaciones y muchas acciones que están predefinidas. Los visitantes (humanos) del parque lo visitan para dar rienda suelta a todas sus fantasías en este mundo del viejo oeste, tanto en el más elemental sentido de aventura y exploración de este mundo, como en las bajas y obscuras pasiones, pues fluyen armas que disparan balas reales y que provocan daño real a los hosts. Y es que sí resulta emocionante participar en la recuperación del banco que una banda de maleantes ha atracado o ser el sheriff del pueblo por un día. La clave para salvaguardar la seguridad de los humanos es que los hosts tienen programada la imposibilidad de hacerles daño. Al revés no funciona así y es esta situación lo que demuestra la flaqueza de la humanidad, pues al ofrecer este parque donde ninguna acción sobre los hosts tiene consecuencia, los visitantes matan, violan, juegan, ultrajan sin piedad. Al término del día, los hosts ultrajados, dañados, violados son reparados y reprogramados para finalmente regresarlos al parque y que repitan su narrativa. La primer temporada trata entonces de como algunos de estos hosts empiezan a tener glitches donde reconocen su propia realidad y se dan cuenta de lo que sucede con sus entidades. La temporada termina en el evento donde Robert Ford (Anthony Hopkins), el co-creador de este parque, es asesinado por Dolores (Evan Rachel Wood), la host en la que se centra la serie, en la gala de presentación de una nueva narrativa.
La segunda temporada en conjunto es un rompecabezas de distintas escenas que no tienen una secuencia lineal en el tiempo. Se presentan situaciones que uno sabe que no han ocurrido para después presentarnos el desenlace y después como empezaron. Pero hay un motivo de presentar esta historia como un ininteligible sucesión de eventos (al parecer) sin relación entre sí que no se revela sino hasta el último episodio. Aquí ahora el centro de la historia es Bernard (Jeffrey Wright) un host hecho a imagen y semejanza de Arnold, el otro co-creador del parque. Intervienen en la historia William (Ed Harris) o el Man in Black, quien está harto de las narrativas comunes del parque y al final de la temporada anterior Ford le da un nuevo «juego» que le parece indispensable descifrar. Además de los problemas para discernir lo que sucede en la cabeza de Bernard, en esta temporada se explora como fue gestándose este parque. La sorpresa (y a la vez temor) de Logan Delos (Ben Barnes) al descubrir que en una época muy próxima a la nuestra, es posible tener a nuestra disposición estas entidades mecánicas muy similares a los humanos, tanto en la apariencia física como en lo emocional, inteligencia, ambiciones y miedos. Convence entonces a su padre James Delos (Peter Mullan) de invertir en esta idea millonaria de WestWorld. Pero como descubrimos más tarde también, cuando juegas demasiado con tu juguete puede jugar en tu contra.
Los eventos que suceden después de la gala de la temporada pasada, son los que se presentan de forma desordenada basándose en la memoria de Bernard, y las acciones de Dolores. Pero también entra en juego la odisea de Maeve (Thandie Newton) una host que ejercía de prostituta en la última narrativa del parque, pero al recordar que en una anterior tuvo a una hija, decide regresar por ella, aún cuando tenía todo a su favor para incluso salir del parque. El grupo de hosts y humanos de los que se hace para lograr esto resultó en muy buenas escenas de drama y acción de soporte a la historia central de esta serie.
Toda esta acción, suspenso, melodrama y misterio de como los robots se revelan contra los humanos funcionan por sí mismos para hacer inolvidables estas dos temporadas de WestWorld. Donde brilla es en las discusiones donde se cuestionan que hace humanos a la humanidad. Los motivadores tanto para los hosts como a los humanos para realizarse. ¿Qué es la realidad sino una serie de códigos preprogramados a los que estamos sometidos? y no estoy hablando de los hosts. ¿De verdad estamos tan lejos de crear seres a nuestra imagen y semejanza? ¿tanto en lo físico como en lo emocional? ¿Qué haremos con ellos cuando lleguemos a tener acceso a esa tecnología? ¿Qué es lo que nos define como personas? ¿es replicable? ¿es acaso la búsqueda de la inmortalidad la única motivación? Son varios cuestionamientos que tienen que ver con la ciencia ficción, psicología y filosofía entremezcladas y separadas entre sí que hacen muy rica esta serie creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy, quienes de hecho escribieron y dirigieron varios episodios. La escena post-créditos del último episodio es una joya. Y da en el clavo para mantener el suspenso antes de iniciar la tercera.
El personaje de Violetta lo interpreta una hermosa y guapísima Paulina Gaitán, con una actitud de pesadez ante la mediocridad de la vida. Esto es entendible cuando está sometida a los arrebatos de sus padres, pero cuando es libre de ellos todo es consecuencia de sus malas decisiones. Es imposible simpatizar con su causa. No sientes pena por las atrocidades que experimenta ni te da temor a donde la están llevando toda esa cadena de excesos que ella misma construye. Mucho menos la ves como una «anti-heroína» que cae bien o que alientas por retomar el rumbo de su vida agarrando al toro por los cuernos. Termina aterrizando en prácticamente la mediocridad que ella misma detesta, simplemente responde a los retos que se le presentan sin tener control de nada. Como todos.