
Kilómetro 36 apenas empezaba la cuesta matadora con el letrero de que hay quienes temen las subidas, y aquellos que las deboran (o algo así), pero la verdad ya llevaba como 2 kilómetros previos muy pesados por los caminos de cemento que sí me hicieron mella en la planta de mis pies. Ni modo, mientras más pronto salga de esta subida sobre el 163 más pronto llegaré a la meta y aunque gustozo tomé la bajada ya para enfilar a la meta sí resentí en las piernas y rodillas estos últimos 5 kilómetros.
Pero antes tuve toda la semana con nervios por el calor que estuvo haciendo y que se proyectaba para este domingo 5 de junio de 2016. Afortunadamente empezaba a las 6:15 de la mañana saliendo de las inmediaciones de Balboa Park y el clima pintaba muy favorecedor con una brisa suave y el cielo nublado. Muy sabrosa la salida con los buenos deseos de los amigos que saludé y que emocionados corríamos este nuevo maratón (y algunos el medio). La primera parte era una vuelta por unas colonias alrededor de Normal Heights justo enfrente de las casas de donde ofrecían de todo y animaban a miles de corredores de todas partes. Pero en una milla que me conmovió enormemente, había retratos de soldados que no regresaron de sus tours de deber. Muy largo pero al terminar aplaudí a sus familiares y amigos que portaban la bandera de EE.UU. en su memoria. Cualquier opinión de las incursiones bélicas de ese país no regresan a esos padres, madres, hermanos, amigos que dieron la vida por él, y merecen todo el respeto. Este sentimiento me acompañó todo el maratón y sentí paz solo al terminarlo.
Mis audífonos de plano mejor los guardé después de detenerme a escuchar a una banda tributo a Black Sabbath en el Presidio Park. Con varias de estas bandas daban ganas de quedarse un rato a disfrutarlas pero había que continuar. Más adelante por fin salir de esos lagos pestilentes cercanos a Sea World fue un alivio. Por las vueltas y retornos de la ruta ahí podía saludar a amigos que apenas iban o ya venían de regreso de donde me encontraba, y me animaban más por todo lo que faltaba. Un estrecho largo por Friars (esa calle que te lleva a Qualcomm Stadium) y ya veía a mi derecha mi coco, el Highway 163. Retumbaban mis músculos por el esfuerzo hecho hasta entonces y abandoné la idea de que esta fuera la ocasión de mi sub-4, ni modo. Había que tomar por los cuernos este ascenso y después de que Víctor y Efrén me pasaron dándome ánimos me avisaban que atrás muy cerca venía Paulina. Y así miraba de vez en cuando a ver si me alcanzaba y al mirarla no dudé en gritarle el «¡hay naranjas!» Venía fuerte, enfocada y con todas las miras a terminar en buena forma este maratón, le deseé lo mejor y al mirar la dedicatoria en su espalda de este maratón solté el llanto una vez más. Por pláticas que he tenido con ella al respecto pasaron por mi mente muchas cosas que me estremecieron y traté de no decaer y continuar con paso firme.
Ya venía el último tirón de unos 4 a 5 kilómetros en bajada que resentí por el impacto y ahí sí tuve una sensación de calambres que afortunadamente no me pegaron tanto como para orillarme como otros muchos corredores que trataban de estirarse en los camellones de este freeway. Se miraban muy altos los puentes sobre nosotros con aún mucha gente apoyando y dándonos ánimos. Y es que hubo apoyo todo el recorrido, de porristas de varias escuelas, porristas de barba y panzones, gente en los patios de sus casas, en las intersecciones, en las paradas de autobús, daba gusto ver a simpatizantes de Trump los menos pero también de Hillary o Bernie aprovechar la ocasión para darnos un empujoncito más con esos gritos de apoyo.
Y bueno, ya muy tranquilamente empezaba la recta final que no fue recta. Mi Garmin me indicaba que ya había concluido mi maratón pero seguía pasando por las calles dando vueltas por el centro de San Diego. Por fin a lo lejos miraba la meta y mi tercera conmosión ocurría, estaba agradecido de tener fuerzas para hacer estos retos y pedía poder continuar por más años adelante. Mi mal pisada, mi preparación no muy óptima me cobraban factura por este tipo de esfuerzo pero ahí estaba, terminando un maratón más. Y pasando la meta, la interminable peregrinación para la rehidratación, abastecimientos y por lo que yo iba: la chamarra de Marathon Finisher.








He pasado por esto antes. Enfrentarme a una decadente plataforma de dispositivos móviles y una elección que hacer. Tuve la Palm III cuando la mayoría de las personas manejaba los datos de contacto en cientos de tarjetas y la agenda se llevaba en cuadernillos estorbosos. Después actualicé a Palm V y migré a la Handspring Visor que también usaba el PalmOS y de regreso a la Tungsten, así que continuaba usando mi inversión en apps como el (genial) calendario de Pimlico o el siempre fiel teclado (en pegatina y después en virtual) Fitaly para agilizar captura de datos con un stylus.
A mí, no me gustaba la idea de iOS. Y es que desde la primera vez que usé un Zune admiré como fluían los menús, como cada pantalla se mostraba radiante al navegar en las apps. Portaron todo esto al Windows Phone Series 7 (lo sé ¿qué carajos con la nomenclatura?) y desde 2011 fuí fiel a la plataforma. Lo fuí.
Entonces, vino 2016 y necesitaba un nuevo dispositivo móvil. Por supuesto que quería un Windows Phone, pero la oferta en México era deprimente. No solo no había terminales suficientemente potentes, en cualquier lado leía que el sistema operativo Windows 10 Mobile simplemente no está listo aún (aún en sitios especializados y foros fanboys de Microsoft). Para mí cualquier sabor de Android y la jungla que representa el Play Store simplemente no eran opción.





