
Solo ven, asómate.
Escucha. no hay nada más allá de la monótona rutina de un día cualquiera a medio día. Hay que lavar el patio de las heces del Borras. Mira adentro. Estás dentro.
Eres Cleo. Aunque no eres la que lleva las riendas de este hogar, todos dependen de tí. No solo la limpieza, la comida, la atención exacta que necesitan los niños. Ellos a quien con cariño les cantas en mixteco para despertarlos suavemente. Con admiración escuchas a ese niño que casualmente te confiesa haber sido antes un piloto aviador o un marinero.
El hogar parece desmoronarse, solo hay que ser pacientes. Aprovechar las salidas de los domingos para guarecerse en el cariño de ese que te voltea a ver bonito. Que escuchas atenta a aquello que lo apasiona, a quien le dedicas la mirada más dulce que nunca nadie ha brindado jamás a alguien.
Aquel que te decía cosas bonitas ahora solo te dice «pinche gata», no puedes contar con él.
Es época de cambios, muchos cambios. Y con el jarrito roto desperdiciando el pulque recibiendo el año 1971 se quema el bosque. Son muchos cambios.
Pero estarás sola. Es devastador ese dolor, esa imposibilidad de arrancar al menos un segundo más con ella.
Solo puedes confiar en tí misma, en la benevolencia de la Señora, en el amor incondicional a esos niños por quien arriesgarías tu vida misma. Y te derrumbas finalmente aceptando tu propio cambio.
Ese amor es recíproco. Eres parte de la familia.
Voltea a ver, alza la mirada como has venido paneando estupendamente todas estas escenas. Ya estás afuera. Escucha.